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El mito de la medicina altruista de Merck se desmorona

Un nuevo libro revela cómo la industria farmacéutica estadounidense pasó de una promesa de salud pública a un modelo de lucro impulsado por contratos bélicos y patentes. La historia, que recorre desde el Salvarsán de 1910 hasta la penicilina masiva de la Segunda Guerra, deja al descubierto la raíz de los precios que hoy generan indignación en la política.

Redacción Tiempo REAL · Publicado el 24 de septiembre de 2026 - 09:12hs

El mito de la medicina altruista de Merck se desmorona

En 1950, George Merck, entonces al frente de la empresa familiar, proclamó que la medicina “es para la gente, no para las ganancias”. La frase, que adornó la portada de Time en 1952, parece hoy una contradicción evidente. Desde la izquierda hasta la derecha del espectro político, figuras como Bernie Sanders y Robert F. Kennedy Jr. la citan como prueba de que las grandes farmacéuticas, Merck incluida, están abusando de los estadounidenses.

Barry Werth, periodista especializado en salud, explora esa paradoja en su último libro, The Age of Cures. La obra no es una crónica de éxitos; es una precuela que muestra cómo, a lo largo del siglo XX, dos corrientes aparentemente opuestas —las patentes de medicamentos y la investigación pública— se combinaron bajo la presión de la guerra y la financiación estatal para crear el modelo actual de descubrimiento y desarrollo de fármacos.

Hasta la década de 1930, la medicina estadounidense carecía de tratamientos efectivos. Un médico de Harvard recordó que la terapia de enfermedades era casi inexistente en el currículo, relegada a la mera sedación y al alivio del dolor. La primera “bala mágica”, el Salvarsán contra la sífilis, llegó en 1910 gracias al bioquímico alemán Paul Ehrlich. Su método, basado en tintes de alquitrán modificados, era esencialmente ensayo y error, pero sentó las bases del paradigma de descubrimiento de fármacos sintéticos.

El verdadero punto de inflexión ocurrió durante la Segunda Guerra Mundial. Mientras el régimen nazi obstaculizaba la investigación en Alemania, el ingeniero Vannevar Bush diseñó un sistema de contratos que canalizaba fondos públicos a universidades y empresas privadas. No se trató de crear laboratorios estatales, sino de usar el mercado para movilizar talento y recursos en pos de objetivos bélicos. Ese modelo, aplicado por primera vez a la farmacología, permitió a Estados Unidos producir penicilina a gran escala justo a tiempo para reducir las bajas aliadas en Normandía.

El éxito bélico se tradujo en una industria farmacéutica floreciente. La penicilina, antes tan escasa que se extraía de la orina de los pacientes, pasó a producirse en masa a bajo costo. Simultáneamente, surgieron la cortisona y la primera píldora eficaz contra la hipertensión, medicamentos que, según la prensa de la época, devolvían a la gente la posibilidad de caminar, correr o bailar. Werth señala que esos avances salvaron “cientos de millones de vidas” y generaron “billones de dólares” para las compañías.

Sin embargo, el mismo libro muestra cómo la bonanza financiera generó incentivos opuestos a la salud pública. Un ejecutivo de Merck, en la década de 1950, explicó a su equipo que había “más personas sanas que enfermas” y que la estrategia debía enfocarse en productos para los sanos. Esa lógica, según Werth, condujo a la colusión entre las grandes farmacéuticas para bloquear la competencia y mantener precios elevados, una práctica que sigue alimentando la desconfianza actual.

La narrativa de Werth plantea preguntas incómodas. ¿Hasta qué punto el modelo de contratos estatales, que impulsó la innovación, también sembró la semilla del lucro desmedido? ¿Por qué la promesa de Merck de una medicina al servicio de la gente quedó relegada a la portada de una revista y no a la práctica cotidiana? Y, sobre todo, ¿qué papel juegan hoy los mismos mecanismos de financiación pública en la perpetuación de precios que generan protestas en el Congreso y en la calle?

El libro no ofrece respuestas fáciles, pero sí evidencia que la industria farmacéutica estadounidense se construyó sobre una mezcla de necesidad bélica, fondos públicos y patentes rentables. Esa combinación, que ha salvado millones, también ha creado un sistema donde la salud puede convertirse en mercancía. La reflexión que deja The Age of Cures es clara: la historia de la medicina en EE. UU. está marcada por una tensión permanente entre el bien colectivo y el beneficio privado, una tensión que sigue sin resolverse.

Publicado el 24 de septiembre de 2026 - 09:12hs

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