Freud murió en Londres mientras los nazis todavía le robaban la dignidad
El psicoanalista, perseguido por la Gestapo y enfermo de cáncer, aceptó la muerte bajo morfina tras una exasperante negociación entre su familia, sus discípulos y la diplomacia estadounidense. La historia de sus últimos días revela preguntas sin respuesta sobre la complicidad y la resistencia.
Sigmund Freud falleció el 23 de septiembre de 1939, a los 83 años, en su casa de Londres, víctima de un cáncer de laringe que lo había sometido a más de treinta operaciones y a un cuadro séptico terminal. Según su médico personal, Max Schur, la muerte llegó tras una inyección de morfina que Freud pidió cuando “despuntara lo inevitable”. La serenidad con la que enfrentó su agonía contrasta con la violencia que había sufrido meses antes, cuando los nazis lo persiguieron, saquearon su domicilio y secuestraron a sus hijos.
En marzo de 1938, tras la anexión de Austria a la Alemania nazi, la Gestapo allanó la casa de Freud y obligó a su esposa, Martha Bernays, a abrir la caja fuerte. El botín hallado fue de apenas seis mil chelines, cifra que la familia intentó minimizar con una cortesía que resultó irónica ante la brutalidad del régimen. La misma semana, la Gestapo arrestó a su hijo Martin y, al día siguiente, a su hija Anna, quien más tarde se convertiría en una destacada psicoanalista infantil. El secuestro de Anna marcó lo que el discípulo Ernest Jones describió como “el día más negro” de Freud.
Jones, biógrafo y ferviente defensor del psicoanálisis, había intentado persuadir a Freud para que abandonara Viena. El anciano, sin embargo, se aferraba a la ciudad que había sido su hogar durante setenta y nueve años. “¡Solo! ¡Si yo estuviera solo, hace mucho tiempo que ya me habría despedido de la vida!”, exclamó, según la crónica de Jones. La resistencia de Freud a exiliarse plantea una cuestión: ¿fue un acto de orgullo personal o una subestimación del peligro que corría su familia?
La salida de Austria no fue solo una decisión familiar. Detrás de ella operó una diplomacia discreta. El embajador estadounidense en Viena, William Christian Bullit, amigo de Freud y de Franklin Roosevelt, presionó al secretario de Estado, Cordell Hull, para que cualquier maltrato al psicoanalista se convirtiera en un escándalo internacional. Bullit trasladó la misma advertencia al embajador alemán en París, el conde Johannes von Welczeck. La presión de Washington logró que las autoridades alemanas concedieran el permiso de salida, aunque la familia tuvo que enfrentar la incertidumbre de cruzar la frontera con documentos en regla y la amenaza de que la Gestapo retuviera a sus hijos.
Aun después de su exilio, la sombra nazi siguió persiguiendo a Freud. Sus libros fueron quemados en las hogueras que los nazis encendieron contra la intelectualidad europea, y su figura, como judío y fundador de una corriente psicológica influyente, habría sido un blanco fácil para los campos de concentración. La pregunta que queda abierta es por qué los nazis, pese a su hostilidad, permitieron su partida sin ejecutarlo ni encarcelarlo indefinidamente. ¿Fue la presión diplomática suficiente o había intereses estratégicos detrás de la “exoneración” de un intelectual de renombre?
El papel de Max Schur también merece una mirada crítica. El médico, amigo cercano de Freud, accedió a administrar la morfina que puso fin a la agonía. La decisión, tomada bajo un “pacto de honor” entre ambos, plantea el dilema ético de la eutanasia antes de que el debate se popularizara. ¿Fue una compasión legítima o una forma de acelerar la salida de un hombre que ya no podía soportar su sufrimiento físico y psicológico?
Freud, nacido en Friburgo (actual República Checa) en 1856 y criado en Viena, había superado el antisemitismo de su juventud para convertirse en una figura mundial. Sin embargo, sus últimos días demuestran que su legado no lo protegió de la violencia política ni de la fragilidad humana. La combinación de una enfermedad devastadora, la persecución nazi y la intervención diplomática internacional crea un retrato complejo: un genio que, pese a su autoridad intelectual, quedó a merced de fuerzas externas que no pudo controlar.
La muerte de Freud, a tan solo veintidós días de la invasión alemana a Polonia y del estallido de la Segunda Guerra Mundial, subraya la coincidencia entre la tragedia personal y el inicio de una catástrofe global. La historia de sus últimos momentos sigue siendo una lección sobre la vulnerabilidad de los intelectuales ante el autoritarismo y sobre los límites de la compasión médica en contextos de extrema presión política.



