Lorena del Pardo cruzó África en bicicleta tras perder a su novio
La argentina, que vivió la muerte de su pareja en un accidente de wingsuit, decidió recorrer el continente africano en bici. El viaje de seis meses, sin apoyo de ONG y con una carga de hasta 50 kg, la llevó a enfrentar desiertos, elefantes y contrastes sociales.
Lorena del Pardo, de 35 años, nació en San Pedro, Buenos Aires. A los veinte años dejó la ciudad para viajar a Brasil, una decisión que la marcó como la primera de su familia en aventurarse fuera del país. Ese primer viaje la llevó a recorrer 13 países en pareja, hasta que la tragedia la separó de su novio, quien falleció en un accidente de wingsuit mientras ella esperaba en la pista de aterrizaje.
El golpe emocional la impulsó a buscar una salida. Tras escribir un libro sobre su duelo, Lorena encontró en la bicicleta una forma de reconectar consigo misma. “La bici me devolvió algo que yo no podía encontrar en mí”, confesó en una entrevista desde su van estacionada en Mallorca, España.
Con la idea de ayudar a otras personas, contactó a varias ONG, pero ninguna respondió. Decidió entonces emprender el viaje por su cuenta. Diseñó una ruta, la compartió en redes y, pese a la falta de acompañantes, partió desde Mallorca hacia Nairobi, Kenia, con una bicicleta de 18 kg y una mochila que, cargada, alcanzaba los 50 kg. Entre su equipamiento llevaba carpa, utensilios de cocina, pastillas potabilizadoras, un kit de emergencia, ropa multifuncional y dos kilos de yerba mate. El último mate lo tomó en Ciudad del Cabo, donde sintió que había completado el trayecto “bien hecho”.
Durante los seis meses recorrió nueve países, dedicando en promedio un mes a cada uno, aunque la duración varió según las circunstancias. Pedaleó a más de 2 000 metros de altura sin haberlo previsto, lo que le provocó falta de aire y la obligó a aprender a adaptarse sobre la marcha. En el desierto de Namibia, las temperaturas alcanzaron entre 37 °C y 39 °C; la arena dificultó el avance y necesitó siete horas para cubrir 45 kilómetros, con solo 12 litros de agua, seis de comida y reservas para cuatro días. Un camión que pasaba cada hora resultó crucial, y una pinchadura de rueda la obligó a aceptar la ayuda de un dueño de camping que la llevó en su camioneta.
Los encuentros con la fauna fueron memorables. En una ocasión frenó la bicicleta para permitir el paso de un elefante, logrando una foto donde su huella quedó al lado de la del animal, quince veces mayor. También se emocionó al ver jirafas observarla fijamente y al encontrarse con el cuerpo descompuesto de un elefante, una visión que comparó con un auto desintegrándose.
La alimentación supuso otro desafío. Se adaptó a dietas locales como arroz, huevo, palta y ensaladas llamadas kachumbari, y a platos como el “rolex” ugandés, una fajita de huevo y verduras. En un mercado creyó que vendían hojas de laurel, pero resultó ser ratas a la parrilla, una escena que describió como “peor que verlas muertas”.
El contacto con distintas culturas dejó impresiones contrastantes. En Uganda percibió actitudes hacia las mujeres que describió como incómodas y atrasadas a sus ojos, mientras que en Sudáfrica notó una división tácita entre blancos y negros, con limitaciones implícitas sobre dónde podía transitar. En Namibia, el desierto se convirtió en una prueba de resistencia física y mental, donde la falta de agua y el calor extremo la obligaron a decidir entre seguir pedaleando o abandonar.
A lo largo del recorrido, Lorena también encontró solidaridad. Personas locales le ofrecieron ayuda, alimentos y compañía, demostrando que, pese a los obstáculos, la generosidad prevaleció. Al concluir la travesía, recordó el momento en que, al salir del aeropuerto, vio cebras en la calle y escuchó por primera vez la frase “Hakuna matata”, que en suajili significa “no hay problema”. Esa expresión la acompañó durante todo el viaje, recordándole que, a pesar del dolor y la adversidad, siempre había espacio para seguir adelante.



