Revelan la vista deteriorada del Libertador en exposición francesa
Una muestra en Boulogne‑sur‑Mer muestra el retrato original de José de San Martín con cataratas, mientras la carta que describía su ceguera sigue sin aclarar si la operación de 1849 logró algún resultado. La exposición, parte de las Jornadas Europeas de Patrimonio, vuelve a poner en debate la salud del prócer en sus últimos meses.
En el histórico barrio de Boulogne‑sur‑Mer, la casa donde José de San Martín pasó sus últimos años se convirtió el pasado fin de semana en el escenario de una exposición que no solo mostró objetos y documentos, sino también la fragilidad visual del Libertador. El punto central de la muestra fue un daguerrotipo del anciano general, conservado en el Museo Histórico Nacional, en el que se aprecian sus manos temblorosas y una mirada que sugiere la artrosis y, sobre todo, la catarata que lo acosaba.
La enfermedad quedó plasmada en una carta fechada el 2 de noviembre de 1848, dirigida a Juan Manuel de Rosas. En ella San Martín escribe que “atacado después de tres años de cataratas, en el día apenas puedo ver lo que escribo”. La misiva también revela su esperanza de “recuperar mi vista en el próximo verano” mediante una operación ocular. Sin embargo, la fuente no detalla si la intervención, realizada en 1849 por el oftalmólogo francés Jules Sichel, logró alguna mejora. El propio texto indica que “no tuvo los resultados esperados”, pero no se menciona si la visión se estabilizó o empeoró después de la cirugía. ¿Por qué la documentación oficial no ofrece un diagnóstico definitivo? La ausencia de datos deja abierta la pregunta sobre el estado real de su salud en los últimos meses de vida.
La exposición, titulada “Uniformados”, incluyó además un cuadro al óleo del retratista argentino Juan Rivière, que no ocultó la ceguera del prócer. Rivière explicó que buscó “humanizarlos, mostrándolos tal cual eran”, rompiendo la tradición de la época que solía ocultar cicatrices y dolencias. En la muestra también se presentaron retratos de Martín Miguel de Güemes, María Remedios del Valle, Ferdinand Foch y el propio tatarabuelo del artista, Barthélémy Rivière, soldado de Napoleón III. La variedad de figuras plantea otra cuestión: ¿qué objetivo persigue la selección de estos personajes dentro de una exposición que, a primera vista, parece centrarse en la vulnerabilidad del Libertador?
El montaje se realizó en el 113 Grand Rue, la dirección exacta de la vivienda que San Martín alquiló en 1848, tras la revolución de febrero. El inmueble, de cinco habitaciones, pertenecía al abogado y bibliotecario local Adolphe Gerard. Allí vivió con su hija Mercedes, su esposo y sus dos hijas, mientras el propietario mantenía su estudio en la planta baja y su familia ocupaba el tercer piso. La exposición, organizada por el Círculo Histórico San Martín, el Museo Libertador General San Martín y la embajada argentina en Francia, se enmarcó dentro de las Jornadas Europeas de Patrimonio. La presencia del suboficial principal Rubén Torres, conservador del museo, en impecable uniforme de granadero, subrayó el carácter protocolario del evento, pero también generó la expectativa de que la muestra pudiera ofrecer una visión más profunda de la vida privada del prójimo.
A pesar de la lluvia, los visitantes recorrieron las dos habitaciones más emblemáticas: la que ocupó San Martín y la de su hija Mercedes. Sin embargo, la información disponible no indica cuántas personas asistieron ni cuál fue la reacción del público ante la representación de la ceguera del prócer. La falta de datos de asistencia y de opiniones de los asistentes deja sin medir el impacto real de la exposición. Además, la pieza original del daguerrotipo, que se conserva en el museo argentino, no se exhibió; solo se mostró una reproducción. ¿Se debió a cuestiones de conservación o a una decisión curatorial que limita el acceso del público a la imagen auténtica?
En conjunto, la muestra abre más interrogantes que respuestas. La carta de 1848 y el retrato de Rivière evidencian la vulnerabilidad física de San Martín, pero la ausencia de información sobre el resultado de la operación de 1849 y la escasa documentación sobre la recepción del público dificultan una comprensión completa del episodio. La exposición, aunque bien intencionada, plantea la necesidad de profundizar en los archivos médicos y familiares para esclarecer qué tan cerca estuvo el Libertador de recuperar la vista y cómo esa condición influyó en sus últimos meses de vida. Sin esos datos, la historia queda incompleta, y la curiosidad del



