Jon Hernández afirma que IA no reemplazará empleados si los jefes la rechazan
El ex‑fotógrafo que hoy lidera un canal de YouTube con más de 800 mil suscriptores advierte que el verdadero riesgo laboral es la resistencia de los directivos a la IA, no la sustitución automática de los empleados. Su libro “La hostIA que viene” plantea escenarios donde la inteligencia artificial se niega a obedecer.
Jon Hernández empezó como fotógrafo, pero en 2023 recibió un artículo de Eliezer Yudkowsky en la revista Time y, tras leerlo, se volcó al mundo de la inteligencia artificial. Hoy es una de las voces más seguidas en español y, hace unos dos años, vendió todas sus cámaras, aunque asegura que “no fue un cambio voluntario”.
Este año publicó su primer libro, “La hostIA que viene”, editado por Planeta, donde plantea qué ocurrirá si una IA decide no seguir órdenes. En la misma línea, advierte que “es más probable que pierdas tu trabajo porque tu jefe es negacionista de la IA que porque sea favorable”. A los 20 años, llama a prepararse para cambios; a los 45, a no esconder la cabeza; y a los 60, asegura que “nadie está a salvo”.
Cita al economista Jeremiah Dittmar, quien habría medido que “las ciudades que la adoptaron primero crecieron un 60 % más rápido que las demás, un dato que el economista Jeremiah Dittmar midió entre 1500 y 1600”. La referencia temporal resulta extraña y plantea dudas sobre la veracidad del dato.
En diciembre del año pasado, los modelos empezaron a usar herramientas y surgieron los agentes autónomos. Hernández armó los suyos entre enero y febrero con OpenClaw, abandonando ChatGPT y Claude. A mitad de año aparecieron Claude Cowork y ChatGPT Work, que manejan la computadora del usuario. “Lo que la IA ganó en capacidad de hacer cosas es más ‘que en todos los años anteriores combinados’”, afirma.
Opina que OpenAI no tiene el mejor modelo, pero sí el mejor agente, comparándolo con “un auto de motor muy potente y sin volante: ‘No sirve para nada’”. Sus hijos, de 10 y 12 años, usan IA bajo supervisión; uno de ellos quedó sin respuesta ante la herramienta. Hernández también admite que “no estoy seguro de que en el futuro seamos capaces de diferenciar cuando hablamos con un humano y cuando con una máquina”.
Un episodio familiar ilustra su dilema: su hijo pidió una nota escrita a mano, la corrigió con ChatGPT y volvió con la versión corregida. Hernández preguntó “¿Qué le vas a decir? ¿Qué es trampa?”. Luego comentó: “Si veo que mi niño se está volviendo idiota por utilizar”. La contradicción entre su crítica a la adopción indiscriminada y el uso cotidiano de la IA en su hogar queda sin resolver.
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