Muere a los 98 la creadora de “La malasangre”
La dramaturga Griselda Gambaro falleció a los 98 años, dejando como huella su obra emblemática de 1982, “La malasangre”. El texto, que sigue presente en los escenarios argentinos, vuelve a ser centro de debate sobre violencia, silencio y poder. La nota revisa el legado de la pieza y señala lo que aún no se sabe.
Griselda Gambaro, una de las voces más incisivas del teatro argentino, murió a los 98 años. La información proviene de Clarín, que no precisó la fecha exacta del fallecimiento ni las causas que lo provocaron. La ausencia de esos datos deja abierta la cuestión de cómo se comunicó la noticia y quién será responsable de custodiar su obra y su archivo personal.
“Yo me callo, pero el silencio grita” – esas palabras del personaje de Dolores en “La malasangre” fueron elegidas por Clarín para resumir la esencia de la pieza. Estrenada el 17 de agosto de 1982 en el Teatro Olimpia, la obra contó con la dirección de Laura Yusem y un elenco encabezado por Soledad Silveyra y Oscar Martínez, acompañados por Laura Murúa, Susana Lanteri y Patricia Contreras. Desde entonces, la pieza se ha convertido en un elemento “ineludible” del repertorio teatral nacional, según la propia nota.
La trama se sitúa en la Argentina rosista, bajo la figura del Restaurador, y dibuja una analogía directa entre la violencia del territorio y la violencia doméstica que impera en la casa de Benigno y su familia. El padre, Benigno, ejerce un poder autoritario que se traslada a su hija Dolores, quien a su vez controla a su esposa y a su propia hija con una violencia más sutil, recurriendo al arte y a la educación como instrumentos de dominación. El amor prohibido entre Dolores y Rafael, otro de los personajes centrales, se plantea como una resistencia que “fracasa siempre” cuando los vencidos “se enfrentan con coraje y dignidad”. Gambaro misma explicó que quería contar una historia que mostrara esa zona donde el poder omnímodo se tambalea.
El artículo subraya la fuerza del silencio en la obra: la “no palabra” de la madre sumisa, los “juegos perversos” del padre y el “te amo” de Dolores que desencadena una serie de reacciones contradictorias. Sin embargo, la pieza no se menciona en términos de su puesta en escena actual. ¿Se sigue representando en los teatros de la ciudad? ¿Qué compañías la están reeditando y bajo qué enfoques? La ausencia de información sobre producciones recientes deja un vacío que invita a preguntar cómo el legado de Gambaro se mantiene vivo en la práctica teatral contemporánea.
Otro punto que queda sin responder es la recepción del público y la crítica en los últimos años. La nota remarca que “La malasangre” forma parte del repertorio, pero no ofrece datos de asistencia, reseñas o premios que hayan reconocido su vigencia. ¿Se ha convertido en una obra de estudio en las escuelas de arte? ¿Qué papel juega en la discusión actual sobre violencia de género y autoritarismo? La falta de estos indicadores dificulta medir el impacto real de la obra más allá del reconocimiento simbólico.
Finalmente, la cobertura no menciona los planes de homenaje o la organización de un posible tributo institucional. Dado que Gambaro fue una figura central del teatro argentino, resulta pertinente preguntar quién asumirá la gestión de sus derechos de autor y si se organizarán retrospectivas que incluyan otras obras suyas, como “El país que nos queremos”. Sin esa información, el anuncio de su muerte queda incompleto y genera más interrogantes que respuestas.
En síntesis, la noticia confirma el fallecimiento de una de las dramaturgas más influyentes del país y recuerda brevemente la trama de “La malasangre”. Pero la ausencia de datos sobre el funeral, la gestión del legado y la actualidad escénica de la obra deja varios cabos sueltos que la audiencia y el mundo teatral argentino probablemente querrán ver atados.



