Expertas aseguran que obsesionarse con medir el sueño empeora el descanso
Elena Urrestarazu y Beatriz Echeveste, especialistas en medicina del sueño, explican por qué la práctica de registrar cada minuto nocturno puede ser contraproducente. Señalan que varios hábitos – horarios irregulares, uso de dispositivos y presión por alcanzar una cifra de horas – se retroalimentan y dificultan alinear el ritmo circadiano. La advertencia llega en medio de la creciente popularidad de apps que prometen optimizar el sueño.
En una entrevista conjunta para medios nacionales, la neuróloga del Hospital Italiano, Elena Urrestarazu, y la psicóloga clínica de la Universidad de Buenos Aires, Beatriz Echeveste, analizaron los errores más frecuentes que comete la gente al intentar dormir mejor. Ambas coincidieron en que la mayoría de los problemas no proviene de la falta de horas, sino de la forma en que se aborda el descanso.
Según Urrestarazu, el cerebro necesita señales consistentes para regular el ritmo circadiano, el “reloj interno” que marca cuándo sentir sueño y cuándo estar alerta. “Cuando cambiamos la hora de acostarnos de forma aleatoria, o nos exponemos a pantallas justo antes de apagar la luz, estamos enviando mensajes contradictorios al organismo”, explicó. “El cuerpo no logra sincronizarse y el sueño se vuelve fragmentado”. Echeveste añadió que la presión por alcanzar un número concreto de horas – por ejemplo los ocho recomendados por la OMS – genera ansiedad que, irónicamente, reduce la calidad del sueño.
La obsesión por medir cada fase del sueño mediante pulseras o aplicaciones móviles ha crecido un 45 % en los últimos dos años, según datos de la Asociación Argentina de Medicina del Sueño. Urrestarazu señaló que, aunque la tecnología brinda información valiosa, su uso indiscriminado puede convertirse en una fuente de estrés. “Cuando el usuario revisa constantemente la gráfica de sueño, se crea una expectativa de perfección que rara vez se cumple. Esa vigilancia constante altera la relajación necesaria para conciliar el sueño”, afirmó.
Echeveste describió el fenómeno como un círculo vicioso: horarios irregulares, consumo de cafeína en la tarde y la compulsión de registrar datos forman una cadena que se retroalimenta. “Si la persona se levanta a las ocho, pero el fin de semana vuelve a las diez, el ritmo biológico se desestabiliza. El cerebro interpreta ese cambio como una señal de alerta y, en consecuencia, aumenta la producción de cortisol, la hormona del estrés”, explicó. “Al intentar compensar con siestas largas o con la idea de “recuperar” las horas perdidas, se prolonga la desincronización”.
Los expertos también abordaron la influencia de la luz artificial. Urrestarazu recordó que la exposición a la luz azul de teléfonos y televisores inhibe la liberación de melatonina, la hormona que prepara al cuerpo para dormir. “En la práctica clínica vemos que pacientes que apagan los dispositivos al menos una hora antes de acostarse reducen la latencia del sueño en un 30 %”, indicó. “Ese pequeño cambio es más efectivo que cualquier ajuste de la cantidad de horas que se pretende dormir”.
En cuanto a los hábitos alimenticios, ambas coincidieron en que cenar alimentos pesados o con alto contenido de azúcar cerca de la hora de acostarse dificulta la conciliación del sueño. “El proceso digestivo eleva la temperatura corporal y mantiene activo el sistema nervioso. El cuerpo interpreta esa señal como un indicio de que aún no es momento de descansar”, explicó Echeveste.
Frente a la proliferación de apps que prometen “optimizar” el sueño mediante algoritmos, Urrestarazu aconsejó un uso mesurado. “La herramienta puede servir para detectar patrones a largo plazo, pero no debe convertirse en un monitor constante. Lo ideal es revisar los datos una vez por semana, no cada noche”, recomendó. Echeveste añadió que, en lugar de fijarse en la cantidad, conviene priorizar la regularidad: “Acostarse y levantarse a la misma hora todos los días, incluso los fines de semana, es el factor más determinante para restablecer el ritmo biológico”.
El debate sobre la “cultura del sueño” se intensifica en un contexto donde el teletrabajo y la flexibilidad horaria han borrado los límites entre la jornada laboral y el tiempo personal. Urrestarazu recordó que, antes de la pandemia, el 60 % de los argentinos reportaba dormir entre 6 y 7 horas; ese porcentaje ha caído a 48 % en los últimos años, según el Ministerio de Salud. “La flexibilidad no equivale a libertad para desordenar los horarios. Sin una estructura clara, el cuerpo paga el precio con fatiga crónica y deterioro cognitivo”, advirtió.
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