Niña de Recoleta termina en la calle tras abandono materno
Natalia Ragonati, criada en un dúplex de los pisos 21 y 22 de Recoleta, cuenta que su madre la dejó, a los dos años, en la casa del padre y se marchó. Años después ella y su hermana mayor se vieron obligadas a vivir en la calle para escapar de la violencia familiar.
Cuando Natalia y su hermana eran apenas dos niñas, su madre las llevó a la casa del padre, tocó el timbre y se fue. El padre las recibió, las miró y, sin otra alternativa, las hizo subir. Al día siguiente las subió a un auto y las dejó en la casa de sus abuelos paternos; Natalia apenas conocía a esos familiares. “Ahí estaba con mi hermana con dos valijitas en la puerta de la casa”, recuerda en una videollamada con Infobae.
Natalia nació en una familia acomodada, en un dúplex de Recoleta con ropa de marca y colegios privados. “Ahora vemos un montón de casos de violencia intrafamiliar. Antes por ahí se callaba, por apariencias, sobre todo en las familias bien”, señaló. Era la cuarta y menor de los hermanos; aunque asegura que su padre no la golpeó, admite que “dentro de todo, la saqué barata por ser muy chica”.
Tras la ruptura, la hermana mayor, de 15 años, se fue a vivir a la calle, el hermano varón se quedó con el padre y Natalia y la otra hermana fueron llevadas a la casa de la abuela materna. La madre desapareció durante un tiempo; Natalia dice que su padre no aceptaba la separación y temía que la matara si la encontraba, añadiendo: “Siempre era así, iba escalando la violencia”. A los tres años, Natalia se recluyó y solo hablaba con su hermana y su abuela, “me quedé en un mutismo”.
Cuando Natalia tenía ocho años, su madre dejó a los cuatro hermanos solos en un departamento de Recoleta y se mudó con una pareja. En ese momento la hermana mayor tenía 18 años, el hermano 15 y la otra hermana 12. Los mayores asumieron tareas como conseguir vacantes escolares, firmar papeles y, a veces, falsificar la firma de la madre o firmar sus propios boletines. Los cuatro asistieron a la escuela; al principio les fue bien, pero con los años la continuidad se desordenó y terminaron el secundario en bachilleratos nocturnos acelerados. “Al menos teníamos un techo en ese momento”, concluye Natalia.
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