Stephen Kovacevich muere a los 86 años en Londres
El virtuoso nacido en California murió en Londres a los 86 años. Su carrera, marcada por una versión icónica de las Variaciones Diabelli y una relación tormentosa con Martha Argerich, dejó una huella profunda en la interpretación de Beethoven y Schubert.
Stephen Kovacevich falleció el 27 de octubre en Londres, poco después de cumplir 86 años. Nació el 17 de octubre de 1940 en San Pedro, California, en una familia de origen croata, y dio su primer recital público a los once años.
En 1958 se mudó a Londres con una beca para estudiar con Myra Hess, quien orientó su repertorio hacia Mozart, Beethoven, Schubert y Brahms. Tres años después, bajo el nombre Stephen Bishop, debutó en el Wigmore Hall con las Variaciones Diabelli de Beethoven.
La grabación de 1968 de esas mismas variaciones “selló su notoriedad internacional”. Andrew Clements, de The Guardian, la calificó como “una de las grandes versiones de una obra monumental, un modelo de claridad musical e intelectual”. Tom Service, también de The Guardian, lo describió como “un artista dispuesto a llegar hasta el límite para encontrar el lugar donde la música se vuelve más poderosa y vulnerable”.
Kovacevich siguió ampliando su discografía: en 1966 grabó las sonatas para violonchelo de Beethoven con Jacqueline du Pré; abordó las últimas piezas para piano de Brahms, el Concierto para piano de Grieg, los conciertos de Schumann y la Sonata para dos pianos y percusión de Bartók junto a Martha Argerich, a la que calificó de “energía combativa”. Su interpretación de la Sonata D. 960 de Schubert “rechazó toda serenidad complaciente”, combinando belleza e inquietud.
Conoció a Argerich en Londres en los años sesenta; la pareja, de temperamento explosivo, tuvo una hija, Stéphanie, en 1975. Kovacevich resumió la unión con humor: “Fue una relación, no un matrimonio”. Llamaban a sus reconciliaciones “primera ronda” y “segunda ronda”. Cuando ambos rondaban los setenta años, volvieron a tocar juntos con regularidad; Argerich comentó: “Es asombroso que seamos tan compatibles tocando a cuatro manos, porque nuestros temperamentos musicales son tan diferentes”. Stéphanie, cineasta, retrató a su madre en el documental Bloody Daughter (2012) y reprochó a su padre no haberle dado su apellido.
El pianista admitió que “tocar en público siempre tuvo para mí algo de tortura” y que el miedo escénico lo acompañó durante décadas, al punto de considerar abandonar los conciertos. Un accidente cerebrovascular en 2008 pareció poner fin a su carrera, pero volvió a tocar y a grabar. En sus últimos años, sus interpretaciones de Schubert y Rachmaninov adquirieron una intimidad e intensidad que, según él, surgieron de esa vulnerabilidad personal.
Además de su faceta como pianista, dirigió la Irish Chamber Orchestra y otras agrupaciones, y dedicó parte de su vida a la enseñanza. Su legado plantea una pregunta incómoda: ¿cuánto de la fuerza de sus interpretaciones provino de la constante lucha interna con el escenario?
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