Kuzichkin desertó de la KGB por una circuncisión y sacudió Guerra Fría
El mayor Vladimir Kuzichkin abandonó la inteligencia soviética en 1981 tras exigir una circuncisión para superar una disfunción eréctil. Su fuga, bajo el nombre en clave REDWOOD, entregó al occidente información que, según el escritor Ben Macintyre, influyó en la represión del Partido Tudeh y en la política iraní de la época.
El escritor británico Ben Macintyre, conocido por convertir archivos de inteligencia en best‑sellers, publicó en 2023 Redwood, una crónica de la deserción del mayor de la KGB Vladimir Kuzichkin. El oficial, destinado a la embajada soviética en Teherán tras la Revolución iraní, decidió abandonar su cargo no por convicciones políticas ni por dinero, sino por un problema de salud íntimo: una disfunción eréctil que él atribuía a un prepucio demasiado estrecho. Convencido de que la solución era una circuncisión, exigió que la operación se realizara en Occidente como condición para entregarse.
El 1 de octubre de 1981 Kuzichkin se presentó en la embajada británica de Teherán como vicecónsul, alegando un asunto “urgente”. El diplomático Nicholas Barrington, a cargo de la misión, aceptó su petición y el MI6 le asignó el nombre en clave REDWOOD, inspirado en el árbol más alto del mundo. El agente medía 1,93 metros, superando en altura al oficial de enlace soviético, y su apodo contenía, sin saberlo, la doble referencia “RED” (comunista) y “WOOD” (algo que no podía lograr).
Durante ocho meses, REDWOOD operó desde la embajada soviética y suministró al MI6 informes detallados sobre el Partido Tudeh, el brazo comunista pro‑soviético dentro del gobierno iraní. Según Macintyre, los documentos describían al Tudeh como una marioneta financiada y, probablemente, armada por la KGB. El MI6, a su vez, compartió la información con el ayatolá y con el director de la CIA, William Casey. En 1982 Casey aprobó el “apoyo estadounidense pleno” a la operación, creyendo que contribuiría a la desaparición del Partido Comunista en Irán, aunque la autorización presidencial de Ronald Reagan nunca quedó clara.
La filtración desencadenó una ola de represión contra el Tudeh. Macintyre indica que entre 6 000 y 10 000 miembros del partido fueron detenidos y encarcelados, y que cientos, quizás miles, perdieron la vida en el proceso. Los dirigentes fueron torturados, obligados a confesiones televisadas y, en algunos casos, ejecutados o linchados. La violencia se extendió en 1988, cuando el ayatolá emitió una fatua contra quienes “hacen la guerra contra Dios”, provocando ejecuciones de presos que ya habían cumplido sus condenas.
El caso REDWOOD, según el autor, quedó como una paradoja: una maniobra que logró exponer la infiltración soviética, pero que también alimentó la paranoia y la brutalidad del nuevo régimen islámico. La información entregada a Washington y Londres, aunque limitada, influyó en la percepción de una posible invasión soviética de Irán dentro de un plazo de nueve a catorce semanas, escenario que, de haberse materializado, habría puesto en marcha planes de respuesta nuclear estadounidenses.
En retrospectiva, Macintyre califica la operación como “un éxito y un fracaso”, subrayando que la exigencia de Kuzichkin –la circuncisión– desencadenó una cadena de eventos que, sin intención, contribuyó a la consolidación del poder de los mulás y a la creación del “monstruo” que hoy condenan tanto EE. UU. como el Reino Unido. La historia de REDWOOD muestra cómo un detalle personal puede, en



