Matemático belga descarta las supuestas correcciones ópticas del Partenón
Un estudio publicado en la revista Royal Society Open Science pone en duda que la curvatura de la base y el entasis de las columnas del templo ateniense fueran diseñados para engañar la vista. El análisis, liderado por Alain Goriely, sugiere que esos detalles son demasiado pequeños para percibirse y podrían tener otras explicaciones.
Un equipo de investigación encabezado por el matemático belga Alain Goriely, de la Universidad de Oxford, publicó el 16 de septiembre en la revista Royal Society Open Science un nuevo análisis de la arquitectura del Partenón. El trabajo revisa doce supuestas “correcciones ópticas” que, desde hace décadas, se atribuyen a los arquitectos del templo para compensar ilusiones visuales.
Según el estudio, la base del edificio forma un arco suave que se eleva 5,8 cm (2,3 pulgadas) hacia el centro. La teoría más extendida sostenía que esa elevación evitaba que una línea horizontal pareciera hundirse cuando se observa el templo desde la distancia. Los modelos matemáticos de Goriely indican que un observador no percibiría ese supuesto hundimiento, lo que pone en tela de juicio la explicación óptica.
El mismo razonamiento se aplicó al llamado “éntasis”, la ligera convexidad de los fustes de las columnas. La medida del abultamiento es de apenas 1,8 cm (0,7 pulgadas), una dimensión prácticamente imperceptible para el ojo humano. El investigador concluye que esa curvatura no tendría la función de corregir la visión, y tampoco halló pruebas de que sirviera para reforzar estructuralmente las columnas frente al peso del techo. Según Goriely, el mármol se desmenuzaría antes de doblarse, y las columnas son demasiado gruesas para doblarse bajo esa carga.
En ausencia de evidencia histórica que respalde la hipótesis óptica, el estudio sugiere explicaciones más plausibles: la curvatura de la base podría haber facilitado el drenaje del agua, mientras que el entasis podría responder a una preferencia estética de los antiguos griegos por formas menos rígidas.
Los autores griegos no dejaron referencias que vinculen esas deformaciones con ilusiones visuales. La idea apareció por primera vez en los escritos del arquitecto romano Vitruvio, del siglo I a. C., y se consolidó en el siglo XIX cuando el arquitecto Francis Penrose realizó mediciones precisas en la Acrópolis. Goriely denomina a esta corriente la “falacia del conocimiento supremo”, es decir, la creencia de que los antiguos griegos poseían una comprensión científica equiparable a la moderna.
“No hay pruebas históricas suficientes ni pruebas científicas de la extraordinaria afirmación de que los refinamientos del Partenón se aplicaron como correcciones ópticas”, escribió Goriely en el artículo. Al cerrar su análisis, el matemático advierte: “Confíe en sus propios ojos y cuestione lo que ve”.
El debate vuelve a centrarse en cómo interpretar los detalles arquitectónicos del Partenón. Más allá de la estética o la funcionalidad, la nueva evidencia invita a reconsiderar una de las narrativas más arraigadas sobre el templo más emblemático de la Grecia clásica.



