OpenAI apuesta por robots humanoides y se lanza al hardware propio
El CEO Sam Altman anunció que la compañía detrás de ChatGPT empezará a fabricar sus propios robots con forma humana. La iniciativa, que parte de la necesidad de “dar cuerpo” a la IA, plantea dudas sobre la experiencia de OpenAI en manufactura y sobre los plazos que la empresa no ha revelado.
En el episodio del podcast Sources, Sam Altman confirmó que OpenAI, conocida mundialmente por sus modelos de lenguaje, iniciará el desarrollo de robots humanoides. La decisión no es una simple ampliación de su portafolio de software; implica la creación de la estructura mecánica que permita a la inteligencia artificial interactuar directamente con el entorno físico. Según Altman, la forma humana sería la más eficiente porque “el mundo físico está diseñado alrededor de la anatomía humana”. La estrategia contempla un despliegue gradual, comenzando por entornos industriales y centros de datos, y solo después intentar ingresar al ámbito doméstico.
El objetivo que plantea Altman es claro: convertir la IA en un agente capaz de ejecutar tareas físicas complejas que los humanos prefieren no hacer. En la visión a largo plazo, cada persona tendría un robot, pero por ahora la prioridad es construir y operar la infraestructura clave para sus sistemas, incluidos los centros de datos. Esa ambición surge después de la ruptura con la startup Figure AI, cuya relación terminó en febrero de 2025 cuando la empresa decidió desarrollar sus propios modelos de IA de forma integrada. La salida de Figure dejó a OpenAI sin un socio de hardware, lo que la llevó a “tomar el control total de la cadena de desarrollo” para no depender de terceros.
Para armar el equipo necesario, la compañía abrió vacantes para ingenieros especializados en actuadores mecánicos, diseño de circuitos PCB, simulación térmica y firmware. Las ofertas salariales llegan a 445 000 dólares anuales, una cifra que indica la intención de OpenAI de atraer talento de alto nivel y de montar una línea de producción interna. Sin embargo, la publicación de esas remuneraciones también revela que la empresa está construyendo desde cero una capacidad que nunca antes había gestionado: la fabricación a gran escala de hardware robótico.
Entre los argumentos que la empresa utiliza para justificar su entrada al sector, destacan la arquitectura multimodal más avanzada del mercado, un volumen masivo de capacidad de cómputo y un capital financiero sin precedentes. Además, OpenAI cuenta con la capacidad de generar datos sintéticos mediante modelos de video y simulación, lo que le permite acelerar el entrenamiento del software que controlará los robots. En teoría, esa combinación de recursos debería traducirse en un desarrollo más rápido y barato que el de sus competidores.
No obstante, la falta de experiencia en manufactura representa una desventaja significativa. Construir hardware confiable implica resolver problemas de disipación térmica, durabilidad de componentes y tolerancia a fallas en entornos no controlados. En el mundo físico, los errores pueden costar miles de dólares y, lo que es peor, generar riesgos de seguridad directa. OpenAI no ha anunciado fechas de entrega, socios de fabricación ni prototipos funcionales, lo que sitúa el proyecto en una fase claramente preliminar.
El reto técnico más visible se concentra en la cadena de suministro de los actuadores, que según la propia información de la empresa, representan entre el 40 % y el 60 % del costo total de los materiales de fabricación. Componentes de alta precisión como reductores armónicos y tornillos de rodillos ya sufren cuellos de botella a nivel global. Además, los imanes de tierras raras, esenciales para los motores, dependen en gran medida del procesamiento en China, lo que añade una vulnerabilidad geopolítica al proyecto.
La experiencia de competidores como Tesla sirve de referencia. El fabricante de automóviles tardó años en escalar la producción de su robot Optimus, precisamente porque la cadena de proveedores de componentes robóticos no estaba madura. OpenAI, al no haber anunciado socios de manufactura, parece estar replicando ese desafío sin una hoja de ruta clara.
La ausencia de un cronograma concreto abre varias preguntas: ¿Cuándo se verá el primer prototipo funcional? ¿Qué criterios usará la empresa para validar la seguridad de un robot que operará en entornos industriales y, eventualmente, domésticos? ¿Cómo planea OpenAI sortear los cuellos de botella de suministro sin comprometer la rentabilidad del proyecto? La falta de respuestas sugiere que el anuncio, más que una confirmación de una fecha de lanzamiento, es una señal de intención estratégica.
Otro punto crítico es la cuestión del mercado objetivo. Si bien la visión a largo plazo apunta a que “cada persona tenga un robot”, el paso intermedio por infraestructuras industriales y centros de datos plantea dudas sobre la viabilidad económica. Los costos de desarrollo y producción, ya elevados por los actuadores y los componentes de precisión, podrían traducirse en precios prohibitivos para el consumidor final. Sin datos sobre precios estimados o modelos de negocio, la promesa de robots domésticos parece, por ahora, más un objetivo aspiracional que una realidad próxima.
En conclusión, OpenAI está dando un salto arriesgado al hardware, una zona donde su historial es prácticamente nulo. La empresa cuenta con recursos de software y capital que le otorgan una ventaja competitiva, pero también enfrenta barreras técnicas, logísticas y de mercado que no se han resuelto. La decisión de entrar en la fabricación de robots humanoides plantea más interrogantes que certezas, y el tiempo será el juez que determine si la apuesta se traduce en una revolución tangible o en otro proyecto ambicioso que quede en los planos.



