Zapatillas desechadas se convierten en armadura de moda en el Moderno
La muestra “Vestir mundos” reúne doce firmas que, a través del upcycling, reescriben la historia de la indumentaria argentina. Entre los protagonistas, un vestido‑armadura hecho con zapatillas recuperadas ocupa un lugar central, pero la exposición deja sin respuesta varios interrogantes sobre la institucionalización del reciclaje y el alcance real de sus propuestas.
El Museo de Arte Moderno de Buenos Aires abre sus puertas a “Vestir mundos”, una exposición que se extiende hasta marzo de 2027 en la sala H del segundo piso de la sede de San Telmo. El proyecto forma parte del programa “70 Aniversario del Moderno” y del ciclo anual “Habitando el Futuro”, y reúne a doce firmas y colectivos que, según la curaduría, han redefinido la indumentaria del país desde finales del siglo XX.
El punto de mayor impacto visual es el vestido‑armadura “Sneaker Monster”. Confeccionado con zapatillas recuperadas y deconstruidas, la pieza pertenece a la colección “Waste Is Privilege” (2025) del colectivo Therapy Recycle and Exorcise, fundado por Mariángeles y Paula Aguirre entre Berlín y Córdoba. El vestido ingresó al museo a través del Comité de Adquisiciones, lo que marca un reconocimiento institucional a una práctica que lleva más de una década transformando residuos textiles en prendas sin género ni temporada. Sin embargo, la nota no detalla los criterios de selección ni el proceso de valoración de esas piezas, lo que genera dudas sobre cuán alineado está el museo con los principios de economía circular que promueven los propios colectivos.
Otro de los trabajos expuestos, “La llorona”, es un look de novia armado con vestidos donados, fragmentos de calzado y textiles reutilizados. Al igual que “Sneaker Monster”, se inserta en la lógica del upcycling, pero la exposición no indica cuántas piezas de este tipo se encuentran en la colección permanente del museo ni si se planea una rotación que permita seguir mostrando nuevas intervenciones de los mismos colectivos.
La muestra no solo celebra la creatividad surgida del reciclaje. También aborda la crisis económica que marcó a la industria textil a fines de los noventa y principios de los dos mil. Diseñadores como Martín Churba y Jessica Trosman, bajo el nombre Trosmanchurba, presentaron entre 1997 y 2002 colecciones que quemaban plásticos y descartes industriales para crear estampados que llamaron “lechugas”. La exposición muestra esas piezas como laboratorios textiles, pero no explica si esas técnicas fueron adoptadas por la industria o quedaron confinadas al ámbito experimental. La falta de datos sobre su repercusión real deja la sensación de que el relato se queda en la nostalgia de la resistencia creativa.
En la misma línea, la Cooperativa La Juanita y el colectivo 12NA aparecen como ejemplos de autogestión y deconstrucción de la ropa usada. Sin embargo, la información disponible no aclara cuántas personas participan actualmente en esas iniciativas ni cuál es su modelo de sostenibilidad económica. ¿Se trata de proyectos puntuales o de estructuras capaces de sostenerse a largo plazo? La exposición los presenta como respuestas a la crisis, pero no ofrece indicadores que permitan medir su impacto más allá del discurso.
El componente regional tampoco se escapa del análisis. MANTO, firma creada en 1996, y Roxana Liendro, que incorpora orfebrería salteña, aparecen como portavoces de una moda que rescata saberes del interior. Aun así, la muestra omite datos sobre la cadena de suministro de esas piezas: ¿de dónde provienen exactamente las lanas y los cueros? ¿Qué condiciones laborales acompañan su producción? La ausencia de estos detalles debilita la pretensión de la exposición de ser una mirada completa a la moda argentina.
El curador Franco Chimento, junto a Raúl Flores, sostiene que la exposición reúne “respuestas a un mundo en transición”. La declaración suena acertada, pero también plantea la cuestión de quién define esas transiciones. La inclusión de obras que transforman desechos en objetos de exhibición es, en sí misma, una forma de consumo simbólico. ¿Hasta qué punto el acto de exhibir una prenda reciclada en un museo no reproduce la lógica de la moda como espectáculo, en lugar de generar cambios estructurales en la producción textil?
En definitiva, “Vestir mundos” ofrece una panorámica atractiva de la moda argentina que ha sabido reinventarse frente a la escasez. Los diseños, desde el duelo personal de Vero Ivaldi hasta la labor comunitaria de Juliana García Bello, demuestran que la ropa sigue siendo un medio para procesar experiencias y para reivindicar identidades. No obstante, la exposición deja sin responder preguntas clave sobre la institucionalización del upcycling, la viabilidad económica de los proyectos presentados y la verdadera magnitud de su impacto ambiental. El desafío ahora es que esos interrogantes no se queden en la sala H, sino que impulsen un debate más amplio sobre el futuro de la moda en Argentina.



