Caputo presiona a Milei para lanzar medidas pese a la grieta interna
El ministro de Economía intentó, sin éxito, impulsar un paquete de ajustes mientras el presidente mostraba resistencia. La disputa, que salió a la luz en la última reunión de gabinete, vuelve a poner en evidencia la fragilidad del plan económico y la falta de consenso entre los dirigentes.
El martes en la oficina de la Casa Rosada, el ministro de Economía, Sergio Caputo, se encontró con una clara oposición del presidente Javier Milei a la publicación de un nuevo conjunto de medidas macroeconómicas. La discusión, que se filtró a través de fuentes cercanas al gabinete, dejó al descubierto una pugna que ya se había insinuado en los últimos meses: la estrategia de ajuste del gobierno parece estar más dividida que nunca.
Caputo, quien lleva a cargo la cartera desde el comienzo del mandato, presentó a Milei un plan que incluía una nueva ronda de reducciones del gasto público y una serie de incentivos para atraer inversión extranjera en sectores estratégicos. Entre los números que manejó, destacó la proyección de una caída del déficit fiscal en un 2,5 % del PBI para fin de año, una cifra que, según él, “marcaría un punto de inflexión” en la estabilización de la economía. Sin embargo, el presidente no se mostró convencido y, según los que estuvieron presentes, le habría lanzado un “no” rotundo, argumentando que el plan “no se alinea con la visión de libertad de mercado” que ha impulsado desde la campaña.
La tensión no fue solo de tono; Caputo señaló que la resistencia de Milei se traduce en una “desestabilización del plan económico”. En la reunión, el ministro culpó a los “hermanos” —un término que, según fuentes, se refiere a los dirigentes del bloque opositor en el Congreso— de intentar sabotear la agenda de reforma. La acusación, sin embargo, plantea más preguntas que respuestas. ¿En qué medida la oposición parlamentaria influye en la decisión del presidente? ¿O la verdadera fricción es interna, entre los propios mandatarios?
El contexto es clave. Desde que Milei asumió, su gobierno ha impulsado una agenda de desregulación y privatizaciones que ha generado tanto entusiasmo como resistencia. Los indicadores macroeconómicos muestran una inflación que ronda el 140 % y una caída del empleo formal del 8 % respecto al año anterior. En este escenario, cualquier medida de ajuste se vuelve una pieza delicada del rompecabezas político y económico.
Los críticos del presidente ya habían señalado que su estilo de liderazgo, basado en decisiones unilaterales, podría estar dejando fuera a figuras clave del gabinete. La última disputa con Caputo parece confirmar esa sospecha. En declaraciones posteriores al encuentro, el ministro, visiblemente frustrado, afirmó que “la política de desestabilización” no solo proviene de la oposición, sino también de “una falta de consenso dentro del mismo equipo”. La frase, cargada de ironía, sugiere que el propio Milei estaría erosionando la cohesión necesaria para ejecutar su plan.
Sin embargo, la posición de Milei tampoco está exenta de cuestionamientos. El presidente, en su discurso, defendió que “el mercado debe autorregularse” y que cualquier intervención estatal excesiva podría revertir los logros alcanzados. Pero esa postura parece chocar con la realidad de un país que todavía necesita un marco fiscal sólido para atraer capital. ¿Cómo se concilian esas dos visiones sin que la economía sufra más daños?
Los analistas políticos advierten que la falta de alineación entre el ministro y el presidente podría traducirse en un estancamiento de reformas cruciales. “Si el gabinete sigue dividido, los proyectos de ley que el gobierno necesita para avanzar podrían quedar atrapados en la legislatura”, comenta María González, experta en economía política de la Universidad de Buenos Aires. La observación cobra peso cuando se recuerda que, hasta ahora, solo el 30 % de las iniciativas presentadas por el Ejecutivo han logrado aprobación en el Congreso.
Por otro lado, la acusación de Caputo contra los “hermanos” sugiere una estrategia de desvío de responsabilidad. En vez de reconocer la falta de consenso interno, el ministro parece buscar un chivo expiatorio externo. Esa táctica, aunque común en la política, rara vez resuelve el problema de fondo. La pregunta que queda en el aire es si el gobierno tiene la capacidad de articular una respuesta unificada ante una crisis que se agrava día a día.
En la práctica, la disputa se tradujo en la postergación del anuncio oficial del paquete de medidas. Hasta el momento, no se ha publicado ninguna comunicación oficial ni se ha programado una conferencia de prensa. La falta de claridad alimenta la incertidumbre en los mercados, que ya reaccionaron con una leve caída del peso frente al dólar y un aumento de los spreads de bonos soberanos.
Mientras tanto, la prensa nacional sigue escudriñando la relación entre Caputo y Milei. Algunos columnistas señalan que el ministro podría estar intentando posicionarse como un “héroe” dentro del gabinete, mientras que otros lo describen como un “poco pragmático” que no comprende la visión de la administración. Lo cierto es que, sea cual sea la motivación, la brecha entre ambos está dejando al país sin una hoja de ruta clara.
El caso plantea un dilema estructural: ¿puede un gobierno que depende tanto de la autoridad personal del presidente funcionar sin una estructura de toma de decisiones compartida? La respuesta, al menos por ahora, parece depender de la capacidad de Milei para tolerar la disidencia dentro de su círculo más cercano. Si la resistencia del mandatario persiste, la agenda de reformas podría quedar en suspenso, alimentando la presión social y la crítica de los sectores que ya ven con recelo la dirección que está tomando la política económica del país.
En definitiva, la pelea entre Caputo y Milei no es solo una discusión de gabinete; es una señal de que la estrategia macroeconómica del gobierno está en una encrucijada. Con la inflación a la par de la peor crisis de deuda de la historia reciente y una oposición que no cesa en su labor de contrapeso, la falta de consenso interno podría ser el factor decisivo que determine si el plan económico logra estabilizar al país o se desmorona bajo su propio peso. La respuesta, como siempre, dependerá de los próximos pasos que den ambos actores y de la capacidad del resto del Estado para mediar entre la visión de mercado y la necesidad de ajustes estructurales.



