Rommel se suicidó tras la orden de Hitler y recibió funeral de Estado
En julio de 1944 el Führer envió a los generales Wilhelm Burgdorf y Ernst Maisel a la casa del mariscal Erwin Rommel con un ultimátum: enfrentarse a un juicio público que terminaba en pena de muerte o acabar con su vida mediante una cápsula de cianuro. Rommel optó por la segunda alternativa y el régimen mantuvo en secreto la causa de su muerte, organizando un funeral oficial.
El 20 de julio de 1944, tras el fallido intento de asesinar a Adolf Hitler, el alto mando nazi decidió castigar a los oficiales sospechosos de conspirar. Entre ellos, el mariscal Erwin Rommel, entonces considerado la máxima figura militar del Reich, recibió una visita inesperada. Los generales Wilhelm Burgdorf y su adjunto Ernst Maisel llegaron a Herrlingen, localidad cercana a Ulm, en un auto oficial negro con las cortinas bajas, escoltados por una caravana de la SS. Hitler los había enviado personalmente para entregarle a Rommel un mensaje que, según la versión nazi, contenía “confesiones” de conspiradores vinculados al complot del 20 de julio.
Burgdorf y Maisel solicitaron hablar a solas con Rommel y le presentaron esas supuestas confesiones, señalando que el Führer le ofrecía dos opciones. La primera consistía en un juicio ante el Tribunal del Pueblo, que habría concluido con la pena de muerte y la persecución de su esposa Lucie y su hijo Manfred, quienes habrían sido enviados a un campo de concentración. La segunda opción era el suicidio mediante una cápsula de cianuro ya preparada, con la promesa de que el Tercer Reich ocultaría la verdadera causa de su muerte, le rendiría honores de Estado y evitaría cualquier represalia contra su familia.
Consciente de que no podía defenderse ante un proceso que lo condenaría de antemano, Rommel comunicó a los enviados que optaría por el suicidio y pidió unos minutos para despedirse de su esposa. Subió las escaleras de su casa y le anunció a Lucie que en quince minutos estaría muerto, explicándole que esa decisión buscaba protegerla a ella y a su hijo. Vestido con su uniforme de mariscal, Rommel se dirigió al auto oficial que había sido destinado a llevarlo al juicio.
El vehículo se detuvo a dos kilómetros de la residencia, junto a un bosque. Burgdorf ordenó a su adjunto y al chofer que descendieran, tal como él mismo haría. Rommel tomó la cápsula de cianuro, la mordió y quedó encorvado sobre el asiento. Cuando los enviados de Hitler regresaron al auto, lo encontraron sin vida. El régimen, que había construido la figura de Rommel como símbolo de su poderío militar, ocultó la causa real de su fallecimiento, organizó un funeral de Estado y declaró luto nacional, manteniendo la mentira durante varios meses.
El episodio muestra cómo el liderazgo nazi manipuló la imagen de sus propios héroes para preservar la narrativa del régimen, incluso cuando la realidad implicaba la eliminación de uno de sus más destacados comandantes. Rommel, que había sido aclamado por sus éxitos en el norte de África y en Francia, terminó su vida bajo la sombra de una mentira que el propio Hitler había tejido para proteger su propio legado.






